A grandes males, buenos remedios

A grandes males, buenos remedios

Cuando un periodo de exámenes concluye y se entregan las calificaciones correspondientes, no siempre es claro quién está más preocupado. Por un lado, tenemos el alumno que está al pendiente de una nota, porque de ella depende algún permiso para el plan del fin de semana. Por otro, está al profesor que como buen mago busca más allá de las mangas para sacar puntos extra donde no los hay. Por último, pero no menos importante, también están los papás que tienen unas expectativas bien definidas sobre sus hijos y que pueden ser satisfechas en ocasiones, pero en otras no.
De lo anterior se desprenden, por lo menos, dos escenarios. El primero, es que las calificaciones sean las esperadas, incluso cuando lo previsto no sea más que un seis de promedio. El segundo, es que haya una o varias materias reprobadas que afectan el promedio general y que pongan en riesgo el año escolar o la permanencia en el colegio. Ahí empiezan los problemas y la búsqueda de alternativas.
El bajo rendimiento académico es un tema que genera estrés no solo en el niño que lo padece, sino también en el resto de la familia, que muchas veces se ve obligada a cambiar su dinámica para volcarse en encontrar las soluciones a tal problemática. De entrada, tenemos a muchos niños que, si bien les va, gozan de una hora para comer tranquilamente en su casa antes de empezar la jornada vespertina. Otros, menos afortunados, apenas pueden comer un pequeño lunch mientras se cambian el uniforme y salen corriendo al coche que los llevará a hacer su recorrido de actividades extraescolares por la ciudad. Algunas de ellas para complementar su educación, otras para regularizar su aprovechamiento escolar. Desde luego, después de este periplo, muchos regresan cansados en la noche y con la tarea esperando en la mochila. La solución al problema del rendimiento escolar no es sencilla.
Cuando las cosas no salen bien, caben algunas preguntas: ¿a qué se debe el fracaso escolar? o ¿por qué los niños reprueban una y otra vez si han recibido aparentemente todo el apoyo? Hay que decir al respecto, que el rendimiento escolar está ligado a diversos factores.
Cada niño/adolescente vive su proceso educativo de manera diferente y conforme a tiempos distintos. No le podemos pedir a un adolescente que obtenga buenas calificaciones en álgebra cuando aún no ha consolidado la aritmética. Tampoco es fácil pedirle a un niño que se concentre en la explicación del profesor cuando está atravesando por alguna crisis familiar o, incluso, por la muerte de su querida mascota. A la par de las distintas circunstancias que rodean el proceso de aprendizaje de un niño, nos podemos encontrar también con distintos trastornos, síndromes, deficiencias y fallas que afectan el rendimiento escolar y cuyo estudio se ha desarrollado ampliamente en la actualidad.
El tratamiento de los problemas de aprendizaje puede llevarse a cabo a través de múltiples y diferentes tipos de terapias, tutorías, clases y talleres. No obstante lo anterior, pareciera que la sociedad sigue reduciendo el concepto de rendimiento académico a lo meramente intelectual, a la buena memoria o a la suma de calificaciones producto de un examen que sólo demuestran la “aptitud” del estudiante. Es decir, sólo se evalúa si es capaz o no, dejando atrás habilidades, destrezas y actitudes que son necesarias al contribuir a su formación y al desarrollo de su personalidad. Sin embargo, el rendimiento académico es un híbrido de distintos factores que afectan o benefician el proceso de enseñanza–aprendizaje y, por ello, es imprescindible que se analice de raíz cada uno de estos con la finalidad de dar el tratamiento adecuado evitando así la pérdida de tiempo, de dinero y de esfuerzo.
En educación no hay recetas de cocina y conviene tener en cuenta que lo que sirve a un niño, no necesariamente le servirá a otro que presenta un problema similar. Por ello, los especialistas deben tratar cada caso como único y ofrecer de manera profesional alternativas viables a padres y maestros o al círculo social inmediato. No hay razón para someter a los alumnos al desgaste de actividades extraescolares que terminan por agotarlo cuando se carece de elementos para tomar una buena decisión.

Una evaluación que incluya la integración de diversas pruebas y metodologías, permitirá tener una visión completa de los factores que están influyendo en el desarrollo escolar del niño, ya sean emocionales, académicos, intelectuales, perceptuales, neurológicos, etc. El C.I (Coeficiente Intelectual) por sí solo no aporta información significativa, pero cuando se complementa con un análisis minucioso de procesos (v. gr. de atención, percepción, memoria, lenguaje, entre otros), se abre un panorama mucho más amplio que permite descartar alternativas y poner atención en los focos rojos o en los procesos que presentan la falla. De ahí que el trabajo multidisciplinario sea fundamental para el logro de resultados. En ese sentido la psicología y la pedagogía deben trabajar de la mano para alcanzar buenos resultados.

Ana Crystal García

PEDAGOGA

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